Infierno en el Morro (Primer Capítulo)



Por Álvaro Cotes Córdoba

A la 1:00 de la madrugada de un lunes festivo, un grupo de cinco hombres bien armados, abordo de una lancha rápida, llegó hasta un yate fondeado al frente de la bahía de Santa Marta, para secuestrar a uno de los que, en esos instantes, se encontraba dentro de la embarcación de lujo, alquilada por unos jóvenes recién graduados de uno de los colegios más pupis de la ciudad, la cual se veía desde allí bastante iluminada.

La costosa nave marítima tenía las luces encendidas y en su interior reinaba un silencio anormal, como si no hubiese nadie por dentro. Sin embargo, en la medida en que los asaltantes fueron subiéndose a ella, se dieron cuenta de lo que realmente había ocurrido, al observar varias latas de cervezas y botellas de whisky vacías, al igual que un montón de migajas de papas fritas regadas sobre la cubierta.

A esa hora, el vaho del mar Caribe se sentía fuerte, porque no había mucho viento, solo una suave brisa que soplaba de norte a sur. La temperatura oscilaba entre los 24 y 26 grados, muy fría para cualquier habitante de la citada localidad caliente, que desde allí se alcanzaba también a escuchar despierta.

Los secuestradores vestían de negro y se ocultaban con unos pasamontañas del mismo color, a través de los cuales se les veía solo los ojos. El abordaje lo realizaron de manera sigilosa, pero les preocupó que no escucharon ni vieron a nadie, al menos en la parte superior del bote recreativo, por lo que se hicieron señas para ir hacia el interior del mismo, en donde se suponía, debían de estar los ocupantes de aquella embarcación abordada.

Dos sujetos que sostenían entre sus manos par armas de fuego con miras infrarrojas, fueron los encargados de descender a la sección interna del bote, ubicada por debajo de la cabina de mando. Lo hicieron muy lentamente, como si fueran dos gatos negros gigantes.

Cuando llegaron a los últimos peldaños de la escalera que conduce a ese sitio cubierto del yate, confirmaron lo que se imaginaron, al no encontrar en la cubierta ni una sola alma. A excepción del conductor del vehículo náutico, los estudiantes se veían dormidos, algunos sobre otros u otras y viceversa.

De inmediato, uno de los invasores, el que se había estacionado en la mitad de la pequeña escalinata, le hizo una señal a un tercer sujeto, quien se había ubicado en la entrada principal, indicándole que solo faltaba el capitán del yate en esa parte de abajo y por eso les ordenó con gestos que lo buscaran rápido en la cabina. Los demás apuntaron enseguida sus armas de largo calibre hacia el puente de mando en el tercer nivel de aquel yate, por lo que el vidrio de protección de ese espacio elevado de la nave marítima, se vio lleno de unos puntitos rojos danzantes. Mientras lo hicieron, se fueron acercando poco a poco, muy despacio y por todos los flancos. Al que le tocó subir por la escalera de acceso, lo hizo con mucha cautela y dificultad, porque llevaba el arma letal de asalto pegada al hombro y apuntándola hacia arriba. A lo que le faltó dos escaños para alcanzar la entrada de la cabina, sintió un hedor que le revolvió el estómago y le provocó unas ganas infinitas de vomitar. Se detuvo mientras aguantaba las ganas y aprovechó para buscarse un pañuelo en uno de los bolsillos traseros de su pantalón. Cuando lo tuvo, se lo arrolló en una mano y se lo puso después a la altura de la nariz, para impedir la intensidad del olor desagradable. Al lograrlo, continuó ascendiendo, hasta llegar a la cabina, en donde descubrió la causa del horrendo aroma. 

El capitán del yate se había ocultado detrás del timón, en una pose muy incómoda, pero también se había defecado del susto. Se trataba de un hombre nativo de la región, con un bagaje largo de navegante furtivo por toda la costa norte colombiana.

"Busquen un balde y cojan agua del mar, para echársela, porque se cagó", le indicó con un tono de voz muy baja a sus compinches, quienes dieron muestra de recibir muy clara la orden impartida. Una vez obligaron al asustado y cagado capitán a descender a la cubierta, lo condujeron hasta la popa, en donde lo esposaron a un cobertizo que protege la cadena del ancla. Allí, después de que le echaron una baldada de agua de mar, permanecería alejado, mientras resolvían el problema de identificar a la víctima a plagiar y a la cual solo la conocían por una fotografía digital que lleva el jefe de los secuestradores en su celular.

En la parte interna del bote, los dos individuos que se encargaron de descender a ese lugar, iniciaron la tarea de despertar a los bellos durmientes, a quienes les tocaron sus cuerpos con los cañones de sus fusiles. La primera que despertó fue una adolescente tierna, de unos 17 años, hermosa y de una piel blanca que contrastaba con el color negro de su vestido de baño enterizo. Aún se le veían unas manchas de la pintura que se había echado en sus pestañas la noche anterior, cuando salió de su casa ubicada en uno de los barrios de clase alta de Santa Marta. Así mismo, en su nariz aguileña, más exactamente en el subtabique, tenía puesto un pequeño piercing plateado.

----- ¿Qué sucede? ---- preguntó, aún somnolienta y bostezando.

----- No pasa nada bebé: solo obedece lo que se te diga ----- le contestó el individuo que la había despertado, un tipo alto, corpulento y con un tono de voz similar al de los afrodescendientes.

----- ¿Nos van a matar? ----- averiguó, demostrando que ya había comprendido lo que sucedía.

----- Si hacen caso no, pero si no, lo más probable es que sí -----  le respondió el secuestrador.

Poco a poco y con la misma perplejidad, pero tranquilos y sin mostrar ningún resquicio de pánico, despertaron los restantes estudiantes. Lucían desarreglados, algunos semi desnudos, con pantalonetas de baño, otros todavía llevaban puestos sus pantalones largos, aunque se veían descamisados. Todos muy jóvenes, con edades que oscilaban entre los 16 y 20 años. En el grupo había un total de cuatro mujeres, con las mismas edades que los hombres.

---- ¿Quién de ustedes es Juan Carlos? --- irrumpió en el dormitorio improvisado de aquel yate un tercer secuestrador, con una voz más aplomada y un tono ronco, como si estuviera desafinado. Se mostraba como el jefe del comando delincuencial y el único de los cinco secuestradores que no portaba un arma en sus manos, sino un celular de alta gama.

---- Yo ---- dijo uno de los jóvenes situado al lado de la bella chica con el piercing en la nariz.

El jefe secuestrador miró sobre la pantalla de su celular y comparó la foto que tenía allí con el rostro del muchacho y vio que no se parecían en nada, por lo que, en lugar de enfurecerse, hizo lo contrario, se sonrió, al tiempo que se le acercó y le dijo:

----- ¿Tú me crees pendejo? ---- Acto seguido le dio un puñetazo a la altura del estómago y el dolor hizo que el muchacho doblara su cuerpo.

----- ¡El que me vuelva a mentir lo mato! ---- advirtió el sujeto, quién parecía ser el jefe de aquel comando. Se le notó unos ojos enrojecidos, producto tal vez de alguna carnosidad nunca tratada.

El acto violento del desconocido hizo entrar en razón a los adolescentes, quienes desde entonces entendieron que la presencia de aquellos extraños en el yate rentado no era ninguna broma. El miedo se les reflejó de inmediato y más por el color pálido que invadió sus caras. Otra de las chicas del grupo juvenil, la más tierna de las cuatro, de aproximadamente 16 años de edad, comenzó a lloriquear y se abrazó con uno de 20 años, alto, de tez morena y una estatura de 180 centímetros, quien se había mantenido siempre a su lado.

El aparente jefe secuestrador detuvo su mirada en esa pareja y descubrió que el muchacho se parecía al de la foto en el celular. Volvió a sonreír y después caminó dos pasos hacia él. Cuando estuvo cerca, le dijo:

--- Hola Juancarlos: Tu papá nos mandó a buscarte.

Acto seguido, le ordenó a dos de sus compinches que lo sujetaran, pero la dulce adolescente que lo abrazaba, se aferró más a él, al tiempo que prorrumpió en un llanto bastante aterrador y gritó: “Por qué a él, si su familia no es adinerada”.

Y en efecto tenía la razón. Los padres de Juancarlos no poseían ni siquiera la quinta parte de lo que sí tenían los padres de los demás jóvenes que allí se encontraban, incluyéndose los de ella misma, la primogénita de un hogar joven conformado por los herederos de un emporio bananero de la región.

El resto pertenecía a la crema y nata de la sociedad samaria. El futuro de los ricos de la ciudad, los que heredarían sus fortunas adquiridas de diferentes formas durante décadas y por casi un siglo. Allí se hallaba, por ejemplo, el hijo de un exalcalde, un importante empresario, dueño de miles de hectáreas de tierras fértiles y ganaderas, cuyo linaje siempre había permanecido ligado al poder del departamento del cual Santa Marta es su capital. Era nadie menos que el muchacho a quien el jefe de la banda secuestradora le había sacado el aire con un puñetazo a la altura del estómago. Y se llamaba como su padre: Alfredo Olarte.

También estaba Emilio Diazgranados, el último miembro de una de las dinastías más arcaica de la comarca, la cual se había asentado en la urbe desde su fundación, proveniente de la España medieval. Por siglos, su familia igualmente había permanecido atada con la superioridad jerárquica de la antigua localidad, próxima a cumplir 500 años de existencia.

Así mismo, se veían los mellizos Sabarahín, Jorge y Miguel, descendientes de un emprendedor que se había vuelto multi millonario con la comercialización de productos derivados del aceite de palma. Ambos lucían unos pechos desnudos y fisicoculturistas, logrado tras meses de ejercicio puro en uno de los gimnasios modernos de la urbe. Los dos reflejaban ser de una edad mayor, pero solo contaban con 20 años cada uno.

Por último, entre el grupo de estudiantes recién graduados, se encontraba el hijo del comandante de la Policía de la ciudad, Camilo Lombana, el más chico de todos con tan solo 16 años y el único que no era de esos lares ni descendía de ninguna de las ancestrales familias gobernantes de la capital magdalenense. Se apreciaba como el más débil de todos, por cuanto no tenía músculos ni mucha carne en el cuerpo. Su padre, el coronel Jaime Lombana, originario de una población muy paisa, le había inculcado que en la vida no se debía confiar de nadie ni siquiera de su sombra. De ahí que él se mostraba por esos instantes como el más preocupado de lo que podía resultar de aquel secuestro…

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Álvaro Cotes Periodista